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24 de Marzo Da de la Memoria por la Verdad y la Justicia

Gauchito mascota del mundial 1978

A continuación les ofrecemos algunas actividades para trabajar en el aula en torno a la convivencia del terror con las actividades de la vida cotidiana, cómo el Mundial de Fútbol fue utilizado por los militares para reforzar el sistema represivo, la relación de la dictadura con las denuncias internacionales sobre los Derechos Humanos.

Consignas de trabajo

Para mirar en el afiche:

La presencia del Falcon verde marca la convivencia del sistema de terror con la vida cotidiana y puntualmente con el campeonato mundial donde a metros del estadio de River se seguía torturando en la ESMA. La imagen del gauchito, diseñado por García Ferré (creador de personajes como Hijitus y Anteojito), recorrió todo el mundo como  símbolo del Mundial en Argentina. Al mismo tiempo que la frase “Los argentinos somos derechos y humanos” formó parte de la campaña del gobierno para limpiar su imagen internacional supuestamente “ensuciada” por las gravísimas denuncias por violaciones a los Derechos Humanos.

A partir de la lectura de fragmentos del texto «Mundial 1978» Argentina campeón del mundo y de algunos de los objetos que aparecen en el afiche (el gauchito del mundial, el Falcon verde, el globo terráqueo) elaborá un texto con tus propias palabras donde aparezcan conectadas las ideas que representan cada uno de estos símbolos.

Después de  trabajar el  texto «Mundial 78», contesten las siguientes preguntas:

¿Cómo pudo el fútbol servirle a los militares para reforzar el sistema de terror?

¿Por qué la dictadura tuvo que realizar una campaña internacional para demostrar que se respetaban los Derechos Humanos en Argentina?

Para seguir investigando pueden leer el ejercicio de memoria sobre el mundial 78 escrito por el periodista rosarino, Carlos del Frade: «Rosario, Kempes y Galtieri», que se encuentra en el libro Treinta ejercicios de memoria editado por el Ministerio de Educación de la Nación en 2006.

Fuente del libro “Treinta ejercicios de memoria”

«Rosario, Kempes y Galtieri»

Carlos del Frade

Rosario, abrazada por el río Paraná, era la capital nacional del fútbol hacia 1974.

Una de las consecuencias de haberse convertido en el corazón del segundo cordón industrial más importante de América del Sur, luego de San Pablo. La ciudad y la región amanecían con centenares de bicicletas que llevaban y traían obreros del mítico tercer turno, del que se hacía de noche en talleres pequeños y medianos, y se rotaban los planteles de las grandes fábricas.

Eran los días en que la Selección de fútbol Rosarina bailaba a la Nacional y en las tribunas se juntaban las banderas rojinegras de Ñuls y las auriazules de Central. Por aquellos días llegó desde Córdoba al club de Arroyito (Central) un zurdo imponente, Mario Alberto Kempes, que no tardó en consagrarse goleador de los torneos argentinos hasta que fue vendido a España. «El famoso cordobés», como lo nombraba la hinchada canalla, también rompió redes en la península y cuatro años después era una de las principales estrellas de la Selección Argentina para el

Mundial de 1978.

Rosario ya no era la misma.

Dos años de terrorismo de Estado había condenado la ciudad obrera, el lugar iluminado por las plumas flamígeras de las fábricas durante la noche y la geografía rebelde de obreros y estudiantes fue ocupada por las legiones de Leopoldo Galtieri, titular del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, cuya jurisdicción se extendía sobre las seis provincias del litoral argentino: Misiones, Formosa, Corrientes, Chaco, Entre Ríos y Santa Fe.

Ya los equipos de fútbol no eran campeones.

Las mayorías empezaban a ser goleadas, en la cancha chica del fútbol, en la cancha grande de la historia.

Después de la primera ronda en Buenos Aires durante aquel Mundial, la Selección vino a jugar a Arroyito. Kempes retornaba a la cancha que lo había proyectado al privilegio del fútbol. Hasta entonces no había podido hacer un gol.

Fue contra Polonia cuando Mario metió un frentazo irrefrenable y de esa manera volvió al grito. Y no podía ser en otro lugar que no fuera la cancha de Central.

En los palcos del estadio, remodelado y elegido como subsede por una serie de complicidades entre dirigentes del sector más conservador del peronismovernáculo primero con la democracia agonizante de 1975 y luego ratificada por los militares a cambio de ciertos lugares convertidos en centros clandestinos de detención en la zona, Videla, Massera, Agosti y hasta Kissinger gritaron aquel gol del cordobés como manos levantadas al cielo como si fueran garras. Pero el que más festejó fue el señor de la vida y la muerte de la zona del Gran Rosario, el entonces general Galtieri.

Kempes iniciaría su fantástica serie de goles que lo llevó a convertirse en el goleador del Mundial, y Galtieri, mimado por los grandes empresarios de la zona, se anotaría un triunfo político en la interna del partido militar.

Cuando el fenomenal jugador ya estaba en Europa, el represor de Rosario era jefe del primer cuerpo de ejército y había decidido tomar las islas Malvinas para

perpetuarse en el poder.

En aquellos años que fueron desde el golpe de Estado hasta principios de 1979, la ciudad sufrió más de 250 desapariciones de personas, la mayoría jóvenes y trabajadores; la eliminación del tercer turno; la liquidación del puerto estatal y el cierre de varias fábricas.

Rosario, de capital nacional del fútbol, ahora era el lugar en donde las mayorías populares, de tanto en tanto, tenían una alegría efímera y momentánea.

De corazón palpitante del cordón industrial del Paraná, pasó a ser ciudad de servicios del ex cinturón productivo a la vera del río marrón.

Las mayorías se quedaron quietas en las tribunas, añorando los goles de Kempes que jamás regresarían y esperando el momento para cambiar, de una buena vez, las reglas de juego que solamente le hacían ganar el partido grande, la historia a unos pocos.

Rosario, después de Galtieri, se había convertido en la ciudad goleada.

Y quizás todo empezó en aquel preciso, bello y notable cabezazo del cordobés en la cancha de Central, a un costado del Paraná, mudo testigo de la lógico de la dictadura de matar para robar.

Al pueblo de la ex ciudad obrera, en tanto, le quedó el aferrarse al otro sentido existencial: luchar para vivir. Prepararse para ganar el partido en la cancha grande de la dinámica social para que alguna vez los que festejen sean los que son más.